LENTE CASCADA

Crucé el Atlántico por primera vez. Tres días después, golpeé mi cámara. El resultado fue un raspón justo en la mitad de la lente. Según el ángulo de entrada de la luz, se producía una mancha clara o una oscura que a menudo contrastaba maliciosamente con lo que quería fotografiar. No tenía otra cámara, ni la posibilidad de arreglarla o de comprar una nueva.

Situaciones desesperadas requieren medidas extremas. La mía fue decidir que no corregiría las fotos digitalmente luego del viaje. Tomaría las fotos que pudiese tomar. Agradecería cada vez que tuviera a la luz de aliada y si no,  buscaría la forma de ponerla a mi favor. Disimularía el raspón en complicidad con el fondo. Dejaría de hacer unas cuantas fotos. Llegado el caso, hasta podría amigarme con la condenada mancha. Y, desde entonces, la pesadilla comenzó a tener un final feliz.